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sábado, 3 de diciembre de 2011

UNO MÁS DEL LIBRO (octavo del 2do parcial)


El temperamento no es el destino
El temperamento puede ser definido en función del humor que tipifica nuestra vida emocional. En cierta medida, cada uno de nosotros posee una amplia gama emocional; el temperamento nos es dado en el nacimiento, forma parte de la lotería genética que tiene una fuerza apremiante en el desarrollo de la vida. Cualquier padre lo ha visto: desde el nacimiento un niño será sereno  y plácido o irritable y difícil. La pregunta es si esa estructura emocional determinada biológicamente  puede ser modificada por la experiencia.
Los niños tímidos parecen llegar a la vida con un circuito nervioso que los hace más sensibles incluso a la tensión más suave: desde el nacimiento, su corazón late más rápido que el de otros niños en respuesta a situaciones extrañas o nuevas.
Esta dimensión del temperamento –el entusiasmo  en un extremo y la melancolía en el otro–parece relacionada a la relativa actividad de las áreas prefrontales derecha e izquierda, un psicólogo de la Universidad de Wisconsin, Richard Davidson descubrió que las personas que tienen una actividad mayor en el lóbulo frontal izquierdo, comparada con el derecho, son de temperamento alegre; les encantan las personas y lo que la vida les depara y se reponen de los contratiempos. Pero aquellas que desarrollan una actividad relativamente mayor con el costado derecho son propensas a la negatividad y al mal humor, y quedan fácilmente desconcertadas por las dificultades de la vida; en cierto sentido, parecen sufrir porque no pueden deshacerse de sus preocupaciones y depresiones.
Así,  parecemos por temperamento preparados para responder en la vida en un registro emocional negativo o positivo. La tendencia a la melancolía o al temperamento optimista –así como hacía la timidez o la audacia– surge durante el primer año de vida, un hecho que sugiere con claridad que esto también está determinado genéticamente. Al igual que la mayor parte del cerebro, los lóbulos frontales aún están madurando en los primeros meses de vida, y así su actividad no puede ser medida de una manera confiable hasta aproximadamente los diez meses.
Las lecciones emocionales de la infancia pueden tener un impacto profundo sobre el temperamento, ya sea ampliado o amortiguando una predisposición innata. La gran plasticidad del cerebro durante la infancia significa que las experiencias vividas durante esos años pueden ejercer un impacto duradero en la creación de sendas nerviosas para el resto de la vida.
Hasta hoy tenemos mucho por evaluarnos y sacar provecho del conocimiento propio, para realizar beneficios que no solo serán para nosotros, sino para las personas que nos rodean...
¡Muy buena vida a todos!

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