El temperamento no es el destino
El temperamento puede ser definido
en función del humor que tipifica nuestra vida emocional. En cierta medida,
cada uno de nosotros posee una amplia gama emocional; el temperamento nos es
dado en el nacimiento, forma parte de la lotería genética que tiene una fuerza
apremiante en el desarrollo de la vida. Cualquier padre lo ha visto: desde el
nacimiento un niño será sereno y plácido
o irritable y difícil. La pregunta es si esa estructura emocional determinada biológicamente
puede ser modificada por la experiencia.
Los niños tímidos parecen llegar
a la vida con un circuito nervioso que los hace más sensibles incluso a la
tensión más suave: desde el nacimiento, su corazón late más rápido que el de otros
niños en respuesta a situaciones extrañas o nuevas.
Esta dimensión del temperamento –el
entusiasmo en un extremo y la melancolía
en el otro–parece relacionada a la relativa actividad de las áreas prefrontales
derecha e izquierda, un psicólogo de la Universidad de Wisconsin, Richard Davidson
descubrió que las personas que tienen una actividad mayor en el lóbulo frontal
izquierdo, comparada con el derecho, son de temperamento alegre; les encantan
las personas y lo que la vida les depara y se reponen de los contratiempos. Pero
aquellas que desarrollan una actividad relativamente mayor con el costado
derecho son propensas a la negatividad y al mal humor, y quedan fácilmente
desconcertadas por las dificultades de la vida; en cierto sentido, parecen sufrir
porque no pueden deshacerse de sus preocupaciones y depresiones.
Así, parecemos por temperamento preparados para
responder en la vida en un registro emocional negativo o positivo. La tendencia
a la melancolía o al temperamento optimista –así como hacía la timidez o la
audacia– surge durante el primer año de vida, un hecho que sugiere con claridad
que esto también está determinado genéticamente. Al igual que la mayor parte
del cerebro, los lóbulos frontales aún están madurando en los primeros meses de
vida, y así su actividad no puede ser medida de una manera confiable hasta
aproximadamente los diez meses.
Las lecciones emocionales de la
infancia pueden tener un impacto profundo sobre el temperamento, ya sea
ampliado o amortiguando una predisposición innata. La gran plasticidad del
cerebro durante la infancia significa que las experiencias vividas durante esos
años pueden ejercer un impacto duradero en la creación de sendas nerviosas para
el resto de la vida.
Hasta hoy tenemos mucho por evaluarnos y sacar provecho del conocimiento propio, para realizar beneficios que no solo serán para nosotros, sino para las personas que nos rodean...
¡Muy buena vida a todos!
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